Luis Barragán: Media mañana, Plaza Venezuela; media hora, Plaza Washington

Luis Barragán: Media mañana, Plaza Venezuela; media hora, Plaza Washington

 

En el país de los grandes deterioros urbanos, los espacios públicos constituyen un riesgo. En contraste con la infancia de décadas muy atrás, la preferencia es que ella, ahora, corra y ría confiada por los centros comerciales, aunque no haya consumo, antes que por las plazas nada ajardinadas que tenemos y en las que ya no se oríllan los humildes vendedores de raspados y algodón, sino – acaso – los bien apertrechados y palanqueados hamburgueseros y sus subempleados, invasores de cualesquiera urbanizaciones y barriadas.





Recientemente, por segunda vez, acudimos a Plaza Venezuela en espera de una persona que tardó todo un mundo en llegar, proveniente de una localidad cercana a la ciudad capital, gracias a la parálisis de una autopista frecuentemente despejada. Quizá una mera casualidad, coincidía la quincena del risible salario de los que tienen la fortuna de un empleo, con una alcabala policial de celoso escrutinio de los desperfectos reales e imaginarios de vehículos y ocupantes, excepto los más novedosos modelos de camionetas que andan por ahí sin placas con mal encarados y susceptibles conductores.

La histórica plaza o redoma de tantísimas remodelaciones que solemos transitar muy apurados, más en vehículos que a pie, nos permitió observarla casi por media mañana de espera, en una tensión permanente al sospechar de cualquier movimiento ajeno. Asoleada, apenas encontramos refugio en las hileras de cemento que en nada abonan a los antiguos bancos de madera, impresionados más por las personas sentadas que no cuentan las horas que por los transeúntes avispados o desprevenidos que surcan el lugar.

Cuatro motorizados de edad regular a la izquierda, junto a una dama, sentados, conversaban a ratos, pendientes de la navegación telefónica y de algunos selfies repentinos, y otro tanto ocurría con una pareja de muchachos a la derecha que ni “cebo” hacían, ensimismados. Una que otra persona, ocasionalmente, ocupaba el lugar hasta donde el árbol estiraba las sombras.

Por supuesto, todos bajo sospecha en un sitio en el que no portaba un policía uniformado que, al menos, amedrentara a los malhechores. Periscopio encendido, contábamos los pasos de un lado a otro mientras llegaba el amigo: sol inclemente, por muy pendiente que estuviésemos, no garantizaba inmunidad alguna frente al asaltante o vulgar ratero.

Becarios del ocio que no reparaban en las horas perdidas, arando entretenidos sobre su propia pereza, alentaron la otra sospecha: casi todos soplones, entretenidos en observar, probar con uno u otro chiste, y con un saldo sobrancero para trillar las redes digitales. Ello explica, por ejemplo, que un mes atrás no había comenzado la concentración y protesta contra el régimen hambreador en Plaza Venezuela, cuando los uniformados policiales y militares (no otra cosa son los integrantes de la Guardia Nacional), llegaron inmediatamenye para pedir la cédula que la mayoría no quisimos dar, y a disfrutar tomando fotografías antes que nos encamináramos hacia el puente que da a la autopista para exhibir sorpresiva nuestros pendones a los conductores hastiados por la densidad del tráfico.

A la izquierda, uno de los motorizados se levantó con extrema calma a prender su vehículo y marcharse despreocupadamente, mientras que el otro, alcanzado por los rayos solares, se sentó a la derecha y, apoyándose en su llamativo casco, hizo y recibió un par de llamadas: gestionó una factura, juró encontrarse en una cola por la Urbina e, increíblemente, cerrando la llamada, quedó colgado en sus pensamientos por larguísimo rato. La pareja de jóvenes, estiraban las piernas de vez en cuando: ella pasó a la izquierda con la otra dama y los dos restantes caballeros que vestían de marca, o con atuendos de imitación, vaya usted a saber, quienes se fueron más tarde para abordar un pequeño y mal estacionado carro cercano: sin disimulo, tomaron gráficas de la plaza.

Decidimos culminar la espera en la antigua torre Capriles, más seguros detrás de sus rejas de entrada, meditando en todos los detalles de una plaza absorbida por la tranquilidad radical de quienes la habitan, además, en un día de labores. Aspirando el régimen a una sociedad de delatores, lo peor es que la existencia de los soplones luce como algo muy natural para todos, propios y extraños, celebérrimo aquél que dijo que tenía infiltrada a la oposición hasta los huesos.

Esta vez, el contraste fue grato, al caminar por la Plaza Washington de El Paraíso una semana más tarde, y detenernos por una media hora para ver a unos adolescentes que la tomaron para jugar béisbol, al parecer, antes de entrar a clases. Es raro ver, hoy, libérrimas caimaneras con peloticas de goma y mucho menos de chapita que, nos parece, al que las haya jugado, deja una cierta y particular actitud, mentalidad y sello en la vida misma.